Estas galletas de leche condensada son perfectas para el desayuno diario. Además de ser muy fáciles de hacer, están riquísimas y tienen un sabor irresistible.
Podemos añadir a la masa, para variar, vainilla, ralladura de limón o de naranja, e incluso un toque de canela.
Sorprendentes y delicadas, se convertirán en un imprescindible en cuanto las probéis.
Estas galletas de leche condensada son perfectas para el desayuno diario. Además de ser muy fáciles de hacer, están riquísimas y tienen un sabor irresistible.
Y lo mejor de todo es que se conservan perfectamente durante varias semanas sin reblandecerse, manteniendo su textura y sabor como el primer día.
Precalentamos el horno a 160 ºC con calor arriba y abajo.
En un bol amplio ponemos la leche condensada, la mantequilla blanda, la yema de huevo y el azúcar. Mezclamos muy bien hasta que todos los ingredientes queden completamente integrados.
Añadimos la maicena tamizada para evitar grumos y la incorporamos con ayuda de una espátula hasta obtener una masa homogénea.
Formamos porciones de unos 18 gramos y las boleamos. Las colocamos sobre una bandeja forrada con papel de hornear, ligeramente separadas entre sí. Aunque no crecen demasiado, es mejor no juntarlas en exceso.
Con ayuda de un tenedor, las presionamos ligeramente para darles su forma característica.
Horneamos a 160 ºC durante unos 15 minutos, antes de que lleguen a dorarse.

Sacamos las galletas del horno y las dejamos templar unos 5 minutos en la bandeja. Después, las pasamos a una rejilla para que se enfríen completamente.
No te preocupes si las ves blanquitas, es su aspecto normal.
Su textura es seca y ligeramente arenosa, similar a la de los polvorones. Son ideales para acompañar con leche, café o cacao, aunque conviene no dejarlas demasiado tiempo en el líquido, ya que se deshacen con facilidad.
Estas galletas aguantan perfectamente varias semanas sin reblandecerse, por lo que son ideales para tener siempre algo dulce casero a mano.